El tablero de Ormuz y el efecto montón de arena

28 años tragando polvo en las salas de crisis te enseñan algo. La arrogancia mata. He visto a líderes políticos, generales y titanes corporativos asomarse al precipicio con una fe ciega en sus hojas de ruta. Y caer. Hoy, con los misiles cruzando los cielos de Irán, Israel y Estados Unidos, no asistimos a un simple traspiés diplomático. Esta es otra bestia. Estamos ante una crisis crítica asomada al desfiladero del caos, tal y como dicta la teoría de sistemas complejos. Lo que hiela la sangre no es el arsenal balístico, es la ceguera monumental de quienes acaban de despertar al monstruo.

El derrumbe que nadie quiso ver

Vivimos anestesiados. Compramos gustosos la milonga del «riesgo cero», creyendo que un puñado de satélites y alianzas de hierro pueden embridar la incertidumbre. Falso. Las crisis no son fallos del sistema. Son el sistema respirando.

Fíjate en el «efecto montón de arena». Llevamos décadas apilando granos en Oriente Medio. Ciberataques. milicias proxy. asesinatos con drones. Bloqueos asfixiantes. Cada jugador dejaba caer su granito de arena creyendo controlar la geometría del cono. Hasta que el sistema dijo basta. Había alcanzado su masa crítica. La guerra abierta que hoy nos sacude no es un accidente. Es el gran derrumbe. El colapso masivo que la física del sistema exigía para purgarse y buscar un nuevo equilibrio. Uno brutal, por supuesto.

La experiencia como pasaporte al desastre

Y aquí entra la letal trampa de la experiencia. Laurence Gonzales lo deja claro en su libro Supervivencia. Quién vive, quién muere y por qué. Cuando un escalador sortea la muerte veinte veces, su cerebro le tiende una emboscada: confunde supervivencia con invulnerabilidad.

En la geopolítica, el autoengaño es idéntico. Israel idolatró su Cúpula de Hierro y su mística de inteligencia. Washington se atrincheró tras la hegemonía de su flota y su músculo financiero. Teherán se creyó intocable manejando los hilos de su Eje de la Resistencia. Esa soberbia los ha empujado al abismo y detrás vamos todos. No hay dos crisis iguales, igual que no pisas dos veces el mismo río. Creer que tu currículum en contención te blinda frente a una conflagración regional a tres bandas te mata en segundos. Si no te arrodillas ante la complejidad mutante del entorno, si el plan se convierte en una camisa de fuerza, estás perdido.

Inyectando caos en el ecosistema

Charles Perrow ya nos advirtió sobre los «accidentes normales». Hacemos lo mejor que podemos con lo que tenemos. Pero cuando atas demasiados cables de alta tensión entre sí, el chispazo deja de ser una probabilidad para convertirse en garantía. El efecto montón de arena lo ha propiciado.

El ecosistema estratégico de Oriente Medio está hiperacoplado. Interactúa a gran velocidad. Y nosotros respondemos parcheando. Intentamos mitigar el desastre interfiriendo en el equilibrio natural del sistema con embargos y despliegues urgentes. ¿El resultado? Inyectamos más entropía. Creemos sofocar el incendio cuando en realidad arrojamos gasolina a un algoritmo indescifrable. El estrecho de Ormuz, el crudo, las rutas comerciales… todo forma una inmensa telaraña al límite de su resistencia. Cada grupo de presión tira de su hilo con desesperación. Una vibración minúscula en un extremo revienta el otro provocando una avalancha imparable.

El secuestro de la amígdala

El verdadero peligro no viaja a Mach 5. Anida en la cabeza de los líderes. El gatillo de esta secuencia fue puramente cognitivo: el exceso de confianza. Todos jugaban con un mapa mental que detallaba cómo funcionaba la diplomacia armada. Hoy, ese mapa es papel mojado. El territorio ha mutado.

Como advierte Gonzales, cuando tu mapa mental se desintegra y choca con el mapa real, el estrés te secuestra el cerebro. La amígdala toma el volante. A partir de ahí, despídase de la estrategia. Entramos en el terreno de las acciones irracionales. Líderes ofuscados que sufren claustrofobia operativa y lanzan ofensivas frenéticas solo para obligar a la realidad a encajar en su esquema obsoleto. Luchar de manera alocada solo desgasta y empeora la situación. Es un fracaso de la mente en toda regla.

Cruza ahora este caos no lineal con el combustible más inflamable del ser humano: la emoción, el nacionalismo, el miedo a la aniquilación. Cuando la maquinaria fría del sistema fricciona contra las vísceras de una nación entera, el estallido destroza toda la cadena de valor global.

Mirar a la muerte a los ojos

Nuestra cultura occidental detesta perder. Odiamos contemplar la mortalidad, sea la de un individuo o la de nuestro sagrado statu quo. Preferimos el ruido. La competición diaria. Negamos tajantemente que fracasar —perderlo absolutamente todo— sea una opción encima de la mesa. Pero vaya si lo es.

El tablero geopolítico se está desgarrando para transformarse. Pelear por volver a la casilla del «día antes de la guerra» es una sangría inútil. Toca quemar el viejo mapa. Aceptar de golpe que deambulamos por un territorio alienígena. Solo desde la humildad más cruda frente al caos podremos adaptar la mente y sobrevivir. La historia rara vez corona al más fuerte; corona al que antes asimila que las reglas acaban de cambiar para siempre.

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Imagen de Luis Serrano

Luis Serrano

Director General en Señor Lobo & Friends. Con más de 23 años en la comunicación de crisis y emergencias es uno de los mayores expertos del país. Fue director de crisis en LLYC y jefe de prensa del 112 de Madrid durante el 11M.

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