La sociedad de la información

La sociedad de la información, una lucha constante contra las Fake News

La sociedad de la información está muriendo de éxito, hasta el punto de que probablemente sería más correcto llamarla “sociedad de la desinformación”.  Basta analizar el ejemplo de la pandemia de la Covid_19 desde el punto de esta disciplina. Si hiciéramos este ejercicio encontraríamos un número infinito de bulos, teorías de la conspiración y un despropósito de noticias con el que nos bastaría para llenar al menos el primer volumen de una enciclopedia sobre el asunto. Vivimos en un campo de minas donde las Fake News son las nuevas reinas de la comunicación en cualquier soporte. Todo vale. Se multiplican los vídeos, los posts en las redes sociales, las notas de prensa oficiales que se contradicen a sí mismas o comparecencias de mandatarios que propician más la desinformación que el desarrollo de la sociedad de la información. En medio de esta vorágine, tampoco ayuda pedir tranquilidad en lugar de seguir las pautas básicas de la comunicación de crisis.

 

Astra Zeneca, un punto y seguido en el maremagnun de la desinformación

Como señala mi colega en Señor Lobo y Friends, Luis Serrano, escuchar a varios responsables políticos intentando neutralizar la crisis de la segunda dosis de Astra Zeneca haciendo “una llamada a la tranquilidad” es un craso error comunicativo. Cuando pedimos a alguien tranquilidad en una situación estresante, lejos de obtenerla, lo más probable es que los ciudadanos se pongan más nerviosos de lo que ya lo están. Porque si tuvieran razones para estar tranquilos, no haría falta solicitarlo, y el mundo de las emergencias está lleno de ejemplos de esto. La tranquilidad se obtiene mediante la transparencia, la certidumbre, la verificación de los datos, la evidencia científica y el mensaje único.

 

La OMS predica en el desierto, para regocijo de la desinformación y desesperación de los verificadores

En el mundo de la sociedad de la información, prima más la desinformación que la información, y así no hay forma de resultar creíbles. Vayamos por partes. Si empezamos de mayor a menor en la escala de la credibilidad, creo que no será difícil acordar que debemos poner en primer lugar a las fuentes oficiales. La máxima autoridad en nuestro caso sería, sin duda, la Organización Mundial de la Salud (OMS). Recientemente su responsable técnica, Maria van Kerkhove, ha solicitado una «verificación de la realidad» sobre el estado de la pandemia de covid-19.

En el mismo artículo, la responsable de la OMS señala que «Se necesita un enfoque coherente, coordinado e integral».

Tal como señala el investigador experto en vacunas Vicente Larraga, que está desarrollando la vacuna española contra la COVID:  hay un exceso de información. Los científicos hablamos y solemos decir cosas razonables, pero los que terminan la conversación son tertulianos, que no saben nada. Eso confunde a la gente. Hay un exceso de visibilidad. Muchas veces no refleja la peligrosidad real de un fármaco. Los hay mucho más peligrosos y la gente se los toma con una fruición que les falta mojar pan. La gente pregunta: “¿Qué me van a poner?”. Pues le vamos a poner una cosa que le va a salvar la vida, no va a ir a un hospital ni entrar en una UCI.

No puedo estar más de acuerdo. La información es un asunto serio y por eso insisto siempre en que hay que seguir a las fuentes oficiales. Lo contrario solo contribuye a la agonía de la sociedad de la información.

 

El exceso de fuentes de información, primera causa de la desinformación

La Organización Mundial de la Salud nos ha dicho por activa y por pasiva  lo que tenemos que hacer desde el principio de la pandemia. Tenemos a nuestra disposición su página web para consultar cualquier duda.

Frente a esta información oficial, que debería ser nuestro marco de referencia, nos vemos infoxicados por todo tipo de stakeholders.  Ya hemos citado los tertulianos, pero vamos a adentrarnos ahora en otro granero.

Me refiero a los dirigentes políticos con claros intereses. Por citar al más conocido, hablemos del ex presidente de Estados Unidos Donald Trump. Todos recordaremos con preocupación como sugirió que la lejía cura el coronavirus, cuyo desmentido se produjo a través de la Agencia Española del Medicamento. Lamentablemente,  la irresponsabilidad de Trump provocó el ingreso hospitalario de más de cien personas.

Un asunto aún más grave, si cabe, son los intereses políticos que se esconden detrás del empeño del mismo dirigente al insistir en llamar al coronvavirus “el virus chino”. A nadie se le escapa que no hay nada inocente aquí.

 

La Unión Europea lucha contra la desinformación

Prueba de que la sociedad de la información necesita ayuda son las medidas adoptadas hace más de un año por la Unión Europea para luchar contra las noticias falsas. Si bien es cierto que el problema requería una solución, no lo es menos el debate sobre la libertad de prensa que estas medidas han generado.

Otro aspecto interesante de la misma cuestión es el plan de acción contra la desinformación del mismo organismo.  Esta iniciativa incluye la app 1de2.eu, que nos permite medir nuestra capacidad para detectar la desinformación; una buena iniciativa y muy necesaria, en mi opinión.

La Unión Europea reconoce que para el 74% de los europeos y el 86% de los españoles las noticias falsas se han convertido en un problema para la democracia.

A la vista de los datos, creo que podemos estar de acuerdo en que la sociedad de la información tiene una gran tarea por delante si no quiere cambiar de nombre.

Directora General en Señor Lobo & Friends. Con 14 años de experiencia en comunicación de crisis y emergencias acumula, además, experiencia internacional como asesora de proyectos a empresas y a instituciones como la Comisión Europea.

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María Luisa Moreo

María Luisa Moreo

Directora General en Señor Lobo & Friends. Con 14 años de experiencia en comunicación de crisis y emergencias acumula, además, experiencia internacional como asesora de proyectos a empresas y a instituciones como la Comisión Europea.

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